Publicado el: Sábado, agosto 25, 2012

Vistazo a 30 años de cultura (1982-2012) en Colombia

Por : Andrés Hoyos Escritor, fundador de la revista El Malpensante.
Hace 30 años, cuando nació esta revista, Colombia vivió el principal momento cultural de su historia: el Nobel de Literatura a Gabo. Desde entonces, muchas cosas pasaron en las artes plásticas, en la música y en el teatro.


Colombia vivió en 1982 el evento cultural cumbre de su historia cuando a Gabriel García Márquez le dieron el Premio Nobel de Literatura. Ya por esa época Gabo era indiscutible en el panorama literario mundial y su figura simbolizaba la cara hasta entonces imposible de la cultura colombiana: no tener complejos.

Mientras tanto, a miles de kilómetros de Estocolmo, la cultura en el país malvivía en medio de una gran precariedad y el complejo de inferioridad era casi ubicuo. Bogotá –y lo dice un bogotano– no tenía entonces ni el más remoto parentesco con la Atenas de Pericles, a despecho de una conocida frasecita.

Había sí un magnífico grupo de pintores y escultores: los consagrado; Obregón, Roda, Botero, Negret, Ramírez Villamizar, y otros más recientes, Luis Caballero, Beatriz González, Lorenzo Jaramillo, para citar apenas a los más conocidos. Todos ellos daban a la escena plástica una gran fuerza. Vivía todavía Marta Traba, aunque no en el país, sólo que el final de su carrera la vio entregada a una tibia complacencia televisiva.

La música culta seguía siendo prestada, con el agravante de que traer a Stravinski o a Copland ya no era posible dada la devaluación del peso, de suerte que venían al país unas estupendas figuras de la segunda fila. Los compositores nacionales de la época, digamos Luis Antonio Escobar, no lograban entonces prestigio internacional, ni lo logran los actuales.

Había cuatro o cinco grandes librerías en Bogotá y una o dos en cada gran capital, que ofrecían una amplia selección de libros en varios idiomas. En contraste, la decadencia de los suplementos culturales estaba más que iniciada, pese a que aún iba a tener un brillo desigual el Magazín de El Espectador. Las grandes revistas del pasado habían cerrado tiempo atrás (Mito) o estaban a punto de cerrar (Eco), siendo sustituidas por otras hiperpolitizadas que no resistieron la balcanización de la izquierda internacional.

Un potente sustrato folclórico, reconocido e imitado en varios países de América Latina, subyacía a la música popular, pero los cantantes y cantautores de exportación todavía eran cosa del futuro. El vallenato se anunciaba como la gran novedad del momento, y desde entonces se ha consolidado con su claro doble filo: unas veces es lírico y elegante, otras chillón y chabacano.

El teatro, quizás el arte más radicalizado de la época, vivió un proceso esterilizante, tanto en la estética como en los temas abordados. Si no había campesinos u obreros muertos en el escenario, no se montaba la obra. El dramaturgo era apenas un apéndice de la creación colectiva.

Aparte de las grandes fiestas populares, digamos el Carnaval de Barranquilla o el Festival Vallenato, la cultura no contaba con eventos periódicos de envergadura, hecha la excepción del Festival de Cine de Cartagena, divertido pero intrascendente.

Vinieron luego cambios muy significativos. Si saltamos a 1988, un año catastrófico en materia política, lo hallaremos paradójicamente sobresaliente en materia de cultura. Ese año se iniciaron dos eventos trascendentales en Bogotá: el Festival Iberoamericano de Teatro y la Feria Internacional del Libro, ambos perdurables, masivos e influyentes.

La escena literaria también se ha revitalizado muchísimo. Hoy tenemos numerosas figuras internacionales de todas las edades cuyos nombres cada lector podrá citar y cuyos libros circulan en todo el ámbito de la lengua. Varios están siendo traducidos, con mayor o menor fortuna, a otras lenguas. Espero, sin embargo, no ofender a nadie si digo que no se vislumbra por ahora a la persona que podría repetir el viaje a Estocolmo.

Surgieron así mismo numerosos artistas del espectáculo que, obviando el espinoso tema de su validez artística, se tomaron los escenarios: Shakira, Juanes, Carlos Vives y Fonseca son los más famosos, en ese orden.

Las artes plásticas pasan hoy en el mundo por una fase turbia, basada en el escándalo y el mal gusto del emperador desnudo. Pero quienes no comparten mi apreciación me corregirían para decir que también hay varios colombianos de alcance internacional en esa materia.

Los años noventa vieron nacer dos revistas culturales en el país: la recientemente fallecida Número en 1993, como medio de expresión del grupo intelectual nucleado alrededor del poeta, ensayista y narrador William Ospina, con Guillermo González como director, y El Malpensante en 1996, más literaria, de la cual me abstengo de hablar por evidentes razones. En la década siguiente nació Arcadia (2005), la apuesta cultural de esta casa editorial.

Ha habido otros intentos, aunque de menor peso. Las revistas culturales desempeñan un papel trascendental en la sofisticación y modernización de la vida intelectual de un país, y basta con mirar a Estados Unidos, que las tiene centenarias, octogenarias y cincuentonas, para comprenderlo.

El renovado panorama, sin embargo, hoy parece de nuevo estrecho o, para explicarlo mejor, entraña un avance demasiado modesto si la idea es convertir a Colombia en un país sofisticado y culto. El peor obstáculo proviene de la élite política y empresarial, conformada por gente capaz y dinámica, pero mayoritariamente inculta.

No de otra manera se explica que los que mandan sonrían y luego se excusen o aporten lo mínimo cuando alguien les hace una propuesta ambiciosa, o que ni se enteren de que la rama tiene un presupuesto paupérrimo y depende de un ministerio mal inventado.

Ellos creen que ya cumplieron con aplicar la saturada idea de ‘responsabilidad social empresarial’ y a casi ninguno se le ocurre que también existe la responsabilidad social cultural. Un ejemplo reciente bastará: el premio de periodismo Simón Bolívar acaba de cancelar la categoría de cultura, maltratando así al ya maltratado sector.

En El Malpensante propusimos hace años que se destinara un porcentaje de las regalías a la cultura, posibilidad que ni siquiera se mencionó en el debate de la reciente reforma constitucional. Cabe esperar, pues, que el próximo relevo generacional ponga al comando de las diferentes instituciones y empresas a gente más culta y sofisticada, justamente aquella que un poco a los trompicones pudimos ir formando entre todos a partir de 1982.

Las ocho claves

Estas leyes y políticas cambiaron el curso de la movida cultural en el país:

• La Constitución de 1991
En ella se reconoce a Colombia como un país diverso. Esta Carta Magna da sustento a las leyes que se establecen sobre cultura en adelante.

• Ley del Libro
Ley 98 de 1993, definió normas sobre democratización y el fomento del libro colombiano, por medio de incentivos tributarios.

• Ley General de Cultura
Con la promulgación de la Ley 397 de 1997 se organizó el Sistema Nacional de Cultura, que incluye la creación del Ministerio de Cultura.

• Plan Nacional de Cultura 2001-2010
En este participaron cerca de 23.000 colombianos en múltiples foros.

• Política Pública de Cine
Con la Ley 814 de Cine de 2003 se creó el Fondo de Desarrollo Cinematográfico. El país pasó de producir una película anual a un promedio cercano a diez películas.

• Política Pública de Patrimonio
La Ley 1185 de 2008 modificó la Ley General de Cultura, estableció lineamientos para la gestión y la protección del patrimonio cultural de la nación.

• Ley de Lenguas
La Ley 1381 de 2010, busca preservar el uso de las 68 lenguas nativas de Colombia, beneficiando a más de 850.000 integrantes de grupos étnicos.

• Ley del Espectáculo Público
La Ley 1493 de 2011 formaliza, fomenta y regula la industria del espectáculo público de las artes escénicas.

Una ceremonia profética

Gabo fue un adelantado de su tiempo cuando en el evento en el que recibió su Nobel rompió el protocolo y sentó un precedente: abrió las puertas para un nuevo significado de cultura.

El 10 de diciembre de 1982, cuando SEMANA llevaba siete meses en la calle, Gabriel García Márquez recibió en Estocolmo el Premio Nobel de Literatura. Esta fue la primera gran noticia cultural que cubrió la todavía naciente revista. Uno de los hechos que más llamó la atención fue la manera como el escritor rompió el férreo protocolo de la ceremonia. En vez de ir vestido de frac, recibió el galardón con el liqui liqui blanco que en el Caribe se utiliza como traje de gala, del que muy pocas personas ajenas al entorno cultural de esa región multinacional tenían noticia.

Pero eso no fue todo. El banquete real, que se llevó a cabo en el Palacio del Ayuntamiento, estuvo amenizado con vallenatos y cumbias colombianas. Así lo reseñó SEMANA: “1.700 comensales lujosamente vestidos de gala y con frac, a excepción de uno, el escritor, de liqui liqui blanco, 300 banqueteros sirviendo filetes de reno y de trucha.

El Rey y la Reina, príncipes y nobles. Todo como un cuento de hadas. Allí Mozart fue reemplazado por la música de los acordeones y los tambores. Los vallenatos, los llaneros y los bambuqueros irrumpieron en el salón. Por primera vez en los casi 80 años de la historia del Premio Nobel, la formalidad y el protocolo reales cedían paso a la informalidad del trópico”.

Se oyeron entonces voces que desaprobaron la manera como García Márquez había roto el protocolo. Al fin y al cabo, en 1982 la palabra cultura era algo que sucedía únicamente en los museos y las salas de concierto. Todavía existía un abismo entre las llamadas Bellas Artes y el arte popular, que era sinónimo de folclor y artesanía.

Hoy en día se habla de música del mundo, y las barreras entre lo denominado ‘culto’ o ‘clásico’ y lo ‘popular’ o ‘folclórico’ casi han desaparecido. Gabriel García Márquez, una vez más, se había adelantado en al menos una década y media a los signos de los nuevos tiempos y, había profetizado una Colombia que reconoce la importancia de su diversidad cultural y sus expresiones ancestrales.

Quien Publico este Articulo?

- Periodista de la Ciudad de Pereira que en la actualidad presta sus servicios al El Diario del Otún como editor de la página Comunitaria, igualmente es periodista del Noticiero Buenos Días Risaralda de Latina Stereo

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